La ronda — Manuel Díaz Martínez

Hoy, hurgando en la obra de Manuel de Zequeira y Arango (La Habana, 1764-1846), a quien le correspondió en suerte abrirle camino a la poesía cubana, releí su poema “La ronda”, que tengo por el pioner texto surrealista escrito en la isla. Y reparé que el día 15 del presente enero se cumplieron 210 años […]

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DARLE VUELTAS AL PARQUE por: Carlos A Pérez. — Título del sitioREMEDIANIDADES

Mira que le dí vueltas al parque principal de mi localidad. Durante años según me contaron los más viejos, era una tradición todos los jueves y domingos vestidos con la más elegante de las ropas que teníamos ir a pasear al parque principal de la ciudad. salíamos cuando se sentía el golpear del bombo de […]

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DARLE VUELTAS AL PARQUE por: Carlos A Pérez.

Mira que le dí vueltas al parque principal de mi localidad. Durante años según me contaron los más viejos, era una tradición todos los jueves y domingos vestidos con la más elegante de las ropas que teníamos ir a pasear al parque principal de la ciudad. salíamos cuando se sentía el golpear del bombo de la Banda Municipal, que ceremoniosamente avanzaba

por la calle de Gonzalo de Quezada y en la bifurcación con Pi y Margall, doblaban hacia la plaza principal para a las 8 en punto al escucharse las campanadas del reloj de la Iglesia Parroquial Mayor del San Juan Bautista y con la advertencia del director de la Banda, que sonaba tres golpes sobre su atril, iniciaba la interpretación de la marcha La Bayamesa, himno nacional. Todo se paralizaba y hasta el zumbido de un mosquito podía escucharse. Los paseantes en las alamedas del parque detenían su paseo, fueran niños o niñas, jóvenes o jovencitas, hombres o mujeres y abuelos o abuelitas. Los transeúntes en las áreas aledañas y en la comercios, todos se ponían de pie y respetuosamente, con su mano derecha sobre el corazón, rendían un saludo de respeto y admiración al “himno patrio”. Luego de este solemne momento, comenzaba la retreta o concierto público de la Banda que interpretaba, marchas, pasodobles, danzones y otros géneros musicales, desde el Quiosco Mario Pando en el mismo centro del parque. Muchos remedianos disfrutaban del concierto ubicados en bancos de piedra granito alrededor de la tribuna o desde las sillas y sillones metálicos de color verde oscuro sujetados por un alambre o cabilla fina para evitar pérdidas o cambios imprevistos de lugar, que en los días de fiestas locales o nacionales, el uso del asiento, se cobraba a cinco centavos por el señor que hacía de “guardaparque” y que no “soltaba” un bastón o “cuje” con el que ponía el orden en la muchachada intranquila. Como no disponíamos de mucho, los jóvenes no soltabamos el asiento, pues como dice el refrán español …el que va a Sevilla, perdió la silla… y encontrar otro vacío antes de las 10 p.m. era casi imposible, podías ver que los que querían ir a comprar chiclet, granizados, pirulí o chambelonas, dejaba a un amigo a cargo del asiento previamente rentado por el módico precio de “un medio”.

Por la alameda pegada a los asientos, paseaban las muchachas y las señoras solas en el sentido del giro de las manecillas del reloj y en líneas que parecían militares marchando, más al centro los varones solos, de todas las edades en el sentido contrario, así podían saludar a la amiga o futura prometida, en el siguiente paseo, iban los esposos y en la parte exterior, las personas llamadas “de color”. Miren ustedes que costumbres.

Interesante es el hecho, que en las cuatro entradas interiores del parque que dan al quiosco de retreta, se agolpaban filas de jóvenes, para saludar a las muchachas, “guiñarle” un ojo o hasta lanzarle un atrevido piropo o un disimulado beso al aire.

Así avanzaba la noche rumbo al final y cuando faltaban 20 o 15 minutos para la hora diez,el director llamaba a sus músicos y se escuchaban las más bellas melodías interpretadas en la noche. Al concluir la “retreta”, en pocos minutos, el parque quedaba prácticamente vacío, pues retirándose los músicos, casi todos regresábamos a casa y terminó el paseo.

Mientras en el parque a esa hora, solo encontrabas a algún señor desvelado o pequeños grupos de jóvenes varones, contándose chistes en secreto o alta voz, hasta que llegaba el guardajurado o el policía de ronda y todos despejaban la plaza, hasta el amanecer.